domingo, 15 de febrero de 2026

 Incluimos la Presentacion del Prof. Bernard Lavalle al libro de Heraclio Bonilla, Entre la Historia y el Recuerdo (2025)


PRESENTACIÓN

Mi primer contacto con lo que había de ser este libro se remonta varios años atrás. El profesor Bonilla (perdón, yo siempre digo Heraclio) me mandó entonces unos cuantos folios sin título ni acompañados de alguna explicación aclaratoria. Eran en todo diferentes de los textos que solía leer de él. Hablaba de sus años de niñez, de sus vivencias en un asiento minero andino muy conocido e importante (Morococha) que los importantes trabajos sociológicos, etnológicos o históricos que se le habían dedicado, nunca habían mostrado, por supuesto, de esa manera y sobre todo con esa perspectiva: desde dentro, por un niño después preadolescente y, por si fuera poco, hijo de uno de los miembros del personal de la gran empresa minera.

Tenían esas páginas todas las características y apariencias de situarse en la vena de uno de los avatares nacidos, en las décadas finales del siglo XIX, de las reconsideraciones a las que se había sometido el trabajo del historiador, entre otros en lo referente a los problemas de su distancia relativamente a su objeto de estudio y a algo entonces nuevo, la micro-historia, pero también surgidos, del nuevo cuestionamiento alrededor de una ¿posible? objetividad histórica y sobre todo de los vínculos (¿sinergéticos, esclarecedores, deformantes, engañosos?) entre “la historia que hemos hecho y la historia que nos ha hecho” según la impactante y afortunada fórmula de Pierre Nora. Quiero hablar de los tal vez no muy bien denominados ensayos de ego-historia sobre los que el historiador francés había llamado la atención, a raíz de un libro colectivo fundador publicado a finales de la década de los años 80 del siglo pasado (Essais d’égo-histoire, 1987).

El texto que finalmente se ofrece hoy en este libro dista muchísimo de esas páginas, eso sí tentativas pero llenas de promesas. Por dos razones. Primero, porque la parte del volumen dedicada a esos años en un ambiente minero desde muchos aspectos emblemático de los rasgos fundamentales del Perú de esa época y que, décadas más tarde, estudiaría entre otros Heraclio, ha sido, ampliada, obviamente en una perspectiva innovadora no sencillamente explicativa, pero también más profundamente sugerente. En efecto, entreteje de manera muy acertada, y a la vez tan atractiva como sutil, lo que aparentemente dice (y puede distar bastante de lo que en el fondo quiere decir), lo propio, lo vivido, lo recordado, lo que dejaron escrito los especialistas de ciencias sociales que dedicaron libros o artículos a ese mundo a la vez tan genuinamente arraigado a un pasado secular y tan revelador de las imposiciones y tensiones del mundo moderno.

Después, porque sin duda bien consciente de los límites, y tal vez peligros, de la ego-historia, además señalados por varios colegas del gremio poco después de la publicación del libro dirigido por Pierre Nora, Heraclio no quería ofrecer una visión de sus primeros años que fuera retrodictiva, esto es que, a partir de resultados obviamente conocidos, buscase sus orígenes o motivaciones gracias a una especie de mecanicismo juzgado, sin decirlo, como inevitable e infalible. Por muy curioso que pueda parecer, no hay mirada hacia atrás, menos aún añoranzas, del autor en este libro que pudo ser escrito, como indica su autor, cuando ya el “tiempo libre” del retiro y el alejamiento de las urgencias cotidianas de la universidad lo hicieron posible.

Al contrario, en una dinámica constante siempre orientada hacia los condicionantes de las construcciones de los presentes sucesivos, trata de hacer palpable y entendible (sin duda para él también), su vida, a lo largo de sus etapas biológicamente ya largas, pero también investigativamente casi excepcionales pues abarcan desde finales de la década de los años 50 del siglo pasado y llegan hasta hoy, cuando acabamos de doblar el cabo del primer cuarto de éste. Bueno, el final del libro va incluso más allá pues diseña para el futuro una serie de reflexiones y de pistas para seguir pisando terrenos novedosos, dar más firmeza y credibilidad a conocimientos a pesar de las apariencias todavía cuestionables, abrir sobre todos campos nuevos con nuevas interrogaciones.

Evidentemente, nada de autocomplacencia ni ombliguismo retrospectivos sino, la voluntad constante de ir hacia adelante y ampliar los espacios del saber, de confrontar las hipótesis con la imperturbable realidad de los hechos y de los procesos.

De manera significativa, los capítulos, forzosamente muy diversos, de este libro han sido escritos bajo el doble lema de la historia y del recuerdo. Esta segunda palabra, dista bastante de la memoria. Sin duda, al preferirle recuerdo, Heraclio Bonilla, consciente del lastre a menudo paralizante de la memoria, revela claramente también cómo, si el que escribe habla incluyéndose en su propia trayectoria, lo debe hacer con la conciencia de que cada etapa, sumada a lo adquirido en las anteriores, fue diferente y que hoy es a la vez heredero de todo el pasado pero también otro, en particular por lo que ya conlleva de futuro.

Si se me permite una observación, tal vez el autor de Entre la historia y el recuerdo no ha puesto de realce con la suficiente nitidez e importancia un aspecto de su recorrido científico que subyace en muchas páginas y que los que le conocemos sabemos muy bien. Se trata en su pensamiento y su actuar ciudadano, del íntimo y constante vínculo entre investigación, solitaria (tan agradable desde muchos puntos de vista) y el deber de difundir (ofrecer), discutir, incluso a veces criticar, sus resultados, para hacerlos sociales esto es, aportes a la colectividad. Para prueba de esto, baste pensar en los comentarios nunca insípidos o neutrales que suscitan, todavía años después entre sus exestudiantes, las clases del profesor Bonilla y las reacciones que trascendieron a los medios, incluso al mundo de la política de la época con tufillo de escándalo, a partir de afirmaciones suyas, por ejemplo, en cuanto se refería a la Independencia el Perú.

Ya que aludo aquí a la pasión pedagógica de Heraclio, quisiera hablar de algo que él omite en su texto y, sin embargo pasa de ser una mera anécdota. Cuenta que cuando estuvo en Burdeos, el primer año de su estancia en Europa a mediados de los 60, asistía con nosotros “hispanistas” a las clases de profesor François Chevalier que le había traído a Francia y hablaba ese año en uno de sus cursos de “Comunidades y haciendas en los Andes”. Lo que no dice H. Bonilla, es que al final de sus exposiciones, F. Chevalier le dejaba más o menos el último cuarto de hora, para que aportase precisiones, ampliaciones, detalles reveladores. Siendo François Chevalier el profesor un tanto “a la antigua” y el gran historiador que era, tal reconocimiento nos parecía increíble para un estudiante que nos llevaba tan sólo un año y que, como demostraba por sus palabras, daba la prueba de que intuía perfectamente lo que necesitábamos y en cierta forma esperábamos.

Permítaseme, ahora, una nota personal que a pesar de todo no creo aquí fuera de lugar. El “hispanista” que entonces yo era trataba de no perder nada de lo que explicaba ese compañero de aula que tanto sabía y había vivido de lo que yo quería saber y vivir. Un día trató más largamente de un trabajo de campo que había realizado en un pueblo de Bolivia que, como revela este libro, ha sido para él, en su recorrido vital y científico, un hito insoslayable. El nombre del pueblo se me quedó grabado: Jesús de Machaca.

Ya se me estaba dibujando, mal que bien esto es confusamente, hacia dónde me quería orientar después de mis estudios universitarios, y, no sé por qué, me juré entonces que algún día, si las cosas salían como esperaba, yo también iría a Jesús de Machaca. Confieso que tardé unos cuarenta años en cumplir con esta promesa, pero lo importante no es esto, es que Heraclio Bonilla, sin saberlo, contó mucho en mi decisión de dedicarme, en cuanto pudiera, a la historia de los Andes.

Dada la forma que el autor quiso dar a su libro, viene a ser la historia de su formación, de su recorrido intelectual íntimamente compenetrado por la realización de sus compromisos con el Perú. Yo hablaba poco antes de anécdotas. Hay algunas en el libro que, por supuesto, no pasarán desapercibidas. Recuerdo aquí tan sólo una: la de preadolescente de Morococha que se ganaba unos cuantos soles pronunciando elogios póstumos de los humildes difuntos de la funeraria de su barrio. Así dio sus primeros pasos, el futuro autor de decenas de libros y centenares de cursos, en la oratoria.

Mucho más interesante es tratar de observar cómo (por qué encadenamiento de casualidades o de lógicas evoluciones) a lo largo de las décadas el doctor Bonilla eligió los temas y construyó sus directrices investigativas. Capítulo tras capítulo, el rompecabezas se va completando y haciendo significativo. Pero queda una incógnita. ¿Por qué decidió precisamente elegir unos y no otros? Es una pregunta que se puede hacer a cualquier investigador, que él puede contestar con argumentos obvios pero que no llegan a decir toda “la verdad” que el propio investigador a menudo tampoco llega a alcanzar.

Por lo que es de Heraclio Bonilla, a través de lo que dice, llama la atención un aspecto. Él siempre se situó en fronteras o situaciones límites, esto es que se podían apreciar de un lado y de otro. En Morococha, fue hijo de un obrero de la empresa minera pero que con el tiempo se convirtió en empleado, lo cual suponía para su familia cambios fundamentales. Cuando empezó sus estudios universitarios, estaba en Lima pero había llegado poco antes de la zona andina lo cual en el Perú de entonces no era poco decir desde muchos puntos de vista. Se formó primero en antropología en el Perú, pero terminó doctorándose en historia en Francia. Fue durante años profesor de esa asignatura, pero en la facultad de ciencias económicas de la Universidad Católica. Se alejó décadas del Perú pero desde lejos no dejó nunca de profundizar sus análisis y de precisar sus diagnósticos de los procesos vividos por su país. Se le conoce como historiador del siglo XIX, pero ha dado también numerosos aportes decisivos sobre el coloniaje, el siglo XX. Incluso muchas veces ha hecho más que incursionar en la actualidad y ha bajado a la arena resbaladizo y despiadada de la histoire du temps présent.

No cabe la menor duda de que sus situaciones personales sucesivas, algunas tan particulares en no pocos aspectos, por supuesto en unión con otros condicionantes de naturaleza diferente, han influido en las perspectivas, nunca estrechas ni reductoras, tan originales y novedosas de muchos de sus enfoques.

Para terminar, dos observaciones sobre ese recorrido vital e investigativo. Leyendo lo que Heraclio cuenta no tanto de sí como, finalmente, de su obra, se me ha venido a la memoria esa afirmación del gran medievalista francés Georges Duby. Según él, todo historiador debe ser antes de todo andariego (bourlingueur). Se nutre por supuesto fundamentalmente de sus largas horas de investigación sobre sus temas predilectos y centrales, sus resultados no pueden pasar de confrontaciones con otras ciencias más o menos cercanas, de contactos con colegas, de comparaciones con lo que hicieron en otros países sobre temas afines, con su manera de enfocar los procesos cualesquiera que sean, de sobreponerse a las dificultades de naturaleza diversa. El libro de H. Bonilla manifiesta repetidas veces cómo él cumplió con este precepto y todo el provecho que fue sacando de sus numerosos y a veces largos andares por tierras, ciencias o temas extrañas, que fuesen voluntarios y programados, o casuales e incluso algunos de ellos forzosos e improvisados.

Estas últimas constataciones llevan a poner de realce, para terminar, otra directriz importante del trabajo del maestro Bonilla. La historia en los diversos países de América latina ha por mucho tiempo padecido de su carácter esencialmente nacional, hasta se podría decir estrechamente nacional, en la medida en que era, a veces sin percibirlo siquiera, directamente heredera de las tensiones, prejuicios y hasta desgarramientos internos de esa región del mundo. Afortunadamente, en las últimas décadas las cosas han empezado a cambiar de manera positiva. Más allá de las condiciones objetivas y materiales que lo están permitiendo, el ejemplo de Heraclio Bonilla muestra que se trata antes de todo de un estado de espíritu, de una forma de pensar las realidades, de la voluntad de insertarlas a la escala que les da su coherencia y su plenitud: el área andina, en el caso de Heraclio Bonilla.

Bernard Lavallé

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